jueves, 25 de junio de 2009

Unas aventuras... de libro

Aunque hace mucho tiempo, cuando era pequeño, no sólo existían ya los libros sino que hasta se compraban y regalaban a los niños. En aquella época, existían los tebeos y lo que entonces se llamaban ‘álbumes’ que eran la edición encuadernada de las aventuras o historietas de ciertos personajes de los tebeos. Y libros a modo de pequeñas enciclopedias para que los tiernos infantes fueran aprendiendo de una manera agradable y divertida (‘lúdicamente’ se dice ahora).

Pero también estaban los libros que adaptaban las obras de los ‘mayores’ y de esta manera, el niño iba poco a poco internándose en el mundo de la ‘gran’ literatura. Entre estos libros, figuraban por méritos propios los que publicados por la desaparecida pero siempre inmortal Editorial Bruguera en su Colección Historias Selección (que es la que yo conocí). Esta colección, en realidad era una especie de extracto de la Colección Historias, bastantes años anterior.

Estos libros recogían una determinada traducción/adaptación de la obra en cuestión, y también, una adaptación en forma de tebeo de dicha obra. Se exponían ambas adaptaciones de forma paralela, el tebeo en las páginas de la derecha (una de cada dos), y el resto, lo ocupaba la adaptación “literaria”.

Por ejemplo, Viajes de Gulliver de Jonathan Swift, en una traducción de Ricardo Acedo Lobatón, con las ilustraciones interiores Pedro Alférez González, y con la sobrecubierta de Vicente Roso. Todo de 1958 (es decir, de la Colección Historias), pero en edición de Historias Selección, y en concreto, la primera edición, de mayo… de 1967.



Aunque hace tiempo que quería recordar estas ediciones, lo hago aprovechando unos párrafos de La importancia de las cosas, libro del que ya hemos hablado aquí, y que ilustra todo lo anterior pues es obra de una autora que aún no había nacido cuando me regalaron la edición de Viajes de Gulliver en cuestión.

También le sorprendía que los mismos jóvenes que habían acogido la novela con verdadero entusiamo no hubiesen leído jamás a Julio Verne, Herman Melville o Mark Twain.
Él sí lo había hecho. R.L. Stevenson. Fenimore Cooper. Karl May. Emilio Salgari… Recordaba las tardes de invierno pasadas en el sillón de su casa, hundiendo la nariz en aquellos libros polvorientos que sacaba de las estanterías del despacho de su padre. A veces, antes de emprender la lectura, descubría que la polilla había empezado a hacer estragos en las páginas de papel barato, y entonces intentaba pasar las páginas del libro con un cuidado impropio de un chaval de siete años. Trataba los libros con tanto mimo que –pensaba su madre– cuando estaba leyendo parecía un viejo, un misterioso anciano menguado por una maldición o milagrosamente rejuvenecido por algún hechizo, que conservaba sin embargo las maneras de la edad y era capaz de tocar los libros con la delicadeza que hubiese empleado un entomólogo para rozar las alas de una mariposa perteneciente a alguna especia rara. Menkell leía aquellas historias desarrolladas en tierras desconocidas, protagonizadas por una raza singular de hombres audaces, y lo hacía convencido de que todo lo que contaban qquellas novelas había sucedido alguna vez, en otro lugar, en un tiempo distinto, en unas coordenadas diferentes. Cuando era niño, Menkell ni siquiera se había planteado la existencia del fértil territorio de la imaginación. Estaba convencido de que las historias, igual que las cosas, vienen todas de alguna parte. Por eso pensaba que en el Londres victoriano había habido un caballero empeñado en dar la vuelta al mundo en ochenta días, y en las orillas del Misisipi de los esclavos había nacido la amistad entre un niño blanco y otro negro, y que un hombre con una particular forma de cordura había buscado durante años un duelo a muerte con la gran ballena blanca. Mario no había dudado nunca de la existencia del capitán Nemo, de Sandokán o del mismísimo Sherlock Holmes, y cuando alguien –quizá un maestro del colegio, quizá su propia madre– le sacó de su error y le dijo que todos aquellos personajes habían nacido del privilegiado cerebro de hombres y mujeres dotados para la escritura, se sintió doblemente admirado y, por primera vez en su vida, limitado y torpe.
” (pp-165-166)

Esto viene también a cuento, aunque tardío, porque a finales de 2007, Ediciones Zeta re-lanzó estas veteranas colecciones, reconociendo en la portada la autoría de Bruguera mediante el gatito que identificaba a ésta. Sin embargo, como puede observarse en la relación de títulos del ISBN del Ministerio de Cultura, el empeño no ha ido mucho más allá (13 volúmenes, cuando Viajes de Gulliver ya era el vigésimo de la colección).

Sin embargo, en marzo de este año, sí hicieron un lanzamiento a través de kioscos. Aunque no sé si se consiguió algo más que la desesperación de los kioskeros a la hora de organizar todo el género.

1 comentario:

  1. Tampoco estaban mal los libros de Fmosas novelas, 13 obras clásicas de aventuras en formato tebeo.
    Yo reconozco que algunas obras las conocí y conozco de ese modo.

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