miércoles, 21 de octubre de 2009

La del 21

Ajeno yo de toda zozobra, iba paseándome por el lindo campo de Chiclana hacia el mediodía del 20 de octubre, cuando un hombre del pueblo, encontrándome, y saludándome con la cortesía entonces usada fuera de poblado, y queriendo entrar conmigo en conversación, cosa no rara en la franqueza española, me preguntó si no iba al altillo de Santa Ana a ver salir la escuadra. Sorprendióme la noticia y puse en duda su certeza, pero se ratificó en su dicho quien me la había dado, afirmando que decía lo que había visto. Corrí entonces, desalado, a la altura y vi el espectáculo bello para considerado en otras circunstancias, pero en aquéllas dolorosísimo para mí y aun para personas menos interesadas en la suerte de aquellos marinos: el mar, poblado de numerosos buques de gran porte, navegando a todo vela, ciñendo el viento, largas las banderas y en ademán de ir a provocar al enemigo.
Volví apresurado a mi casa, di la fatal noticia. Dispuso mi madre que mi tía y yo fuésemos a Cádiz al día siguiente, y así lo ejecutamos. Era el día 21 de octubre de 1805, funesto para España, y para mí en grado sumo.
Emprendí, pues, mi viaje, que fue por tierra, en un calesín a uso de aquel tiempo. Al atravesar el arrecife que va de la isla de León (hoy San Fernando) a Cádiz, descubríamos desde allí la extensión del mar por la parte del Sur, abarcando la vista allí hasta el Estrecho de Gibraltar, y las aguas vecinas del cabo de Trafalgar, que es uno de los extremos en la tierra que le forma, lugar donde entonces mismo estaba dándose la acción de recordación tan funesta, aunque a la par gloriosa. Divisábamos a lo lejos, bien que algo envueltos en nieblas, buques de la armada. La tarde estaba serena, pero no despejado el horizonte; la mar, sin gran movimiento, y el sol, ya declinado, pero todavía distante del ocaso, ni brillaba con toda su luz, ni estaba oculto por nubes. Nos pareció que había humo cerca de los buques; pero a tanta distancia era imposible distinguir qué era humo y qué era niebla.
Llegamos por fin a Cádiz; era por la tarde. Pasé a casa de un amigo, y no bien había entrado, cuando viniendo otro que lo era de ambos, sin reparar en mi presencia, gritó: «Subamos a la torre, porque la de vigía ha hecho señal de
combate a la vista». Inútil era el disimulo, porque yo había oído el terrible anuncio; y así, corrimos todos a la torre, siendo la de la casa en que estábamos una de las más altas y espaciosas entre las muchas que tienen las casas particulares de aquella ciudad, a la cual sirven de especial adorno vista desde lejos.
Las numerosas torres de Cádiz, y hasta las azoteas, desde las cuales algo del mar puede descubrirse, estaban atestadas de gente, de ésta gran parte armada de anteojos de larga vista, instrumento muy común en los gaditanos, para quienes es registrar el mar y las naves que le surcan agradable y constante recreo. Seguía sereno el tiempo, si bien con algunas, pero no claras, señales de cercana borrasca. De las escuadra se veía poco, porque la envolvía, hasta ocultarlas, una espesa nube de humo. Pero en las claras hubo de aparecer algún navío desarbolado, dando indicio de hacer sido recio el combate, pues el viento, hasta entonces manso, y la mar poco o nada picada, no podían haber causado tales averías. De súbito, una vivísima llamarada iluminó el mar próximo al horizonte; vióse entre la luz como la figura de un navío, y desapareciendo al momento la espantosa claridad, un tremendo estampido vino muy en breve a anunciar que un navío se había volado. Aun en los indiferentes, si alguno lo era del todo, hizo grande efecto tal espectáculo, mayor que en los demás en mí, como era natural; y con ello, y con ir oscureciendo, bajamos inquietos o afligidos de la torre.
Cerró la noche, que lo fue de horrosa incertidumbre, y no sólo para los inmediatamente interesados en la suerte de los que iban en la escuadra, sino aun para lo general de las gentes, a quienes movía toda clase de buenos y nobles afectos, entrando en éstos el del patriotismo.
La tarde había sido serena, pero el horizonte estaba cargado de negras nubes y con señales de borrasca. Rompió ésta con furioso ímpetu en el discurso de la noche, bramando a la vez el viento y el mar alterado. Nada podía saberse, pero todo parecía triste y funesto. Fue corto e interrumpido mi sueño, y poco después de amanecer estaba ya levantado. Vestíme y salí a la calle. Era el temporal de los más recios, zumbando el viento con ráfagas terribles y cayendo copiosa lluvia. Al asomar las gentes a ver la furia de la tempestad, descubría la vista cinco navíos de línea españoles, fondeados en lugar muy inseguro por no haberles permitido el temporal tomar bien el puerto, desmantelados en gran parte; en suma, mostrando señales de la dura pelea que en el día inmediatamente anterior habían sustentado. También aparecía uno u otro navío francés. A más distancia, cuando rompía a trechos y por cortos instantes la espesura de las nubes el furioso viento, se divisaban aquí y allí más navíos, de ellos algunos desarbolados, sin vérseles la bandera, luchando con las olas, y no pudiendo saberse ni quiénes eran, ni cuál sería su suerte. No obstante ser peligrosa y aun difícil la comunicación por medio de embarcaciones pequeñas en tan recia marejada, pudo al fin irse a los navíos anclados. Entonces empezaron a divulgarse los pasados sucesos. El combate había sido terrible, tremendo, y grande el destrozo de nuestra escuadra y de la francesa, si bien se afirmaba con poca verdad haber sido mayor el de los ingleses. Aún corría la voz de haber sido nuestra la victoria. Nombrábanse los navíos presentes a la vista, entre los cuales no estaba el
Bahama, ni por lo que pude averiguar, se tenía noticia de su suerte.
Llegónos al cabo la hora de cambiar nuestra incertidumbre por la seguridad de nuestra desventura. Hubo de ser el 30 ó 31 de octubre, esto es, nueve o diez días después del combate, cuando mi hermana de poca edad, que asistía a una academia de niñas, al volver a casa nos dijo que, teniendo por costumbre la directora del establecimiento preguntar a las niñas que tenían parientes cercanos en la escuadra, si de ellos habían recibido noticias, al hacer la pregunta a las hijas del teniente de navío don Roque Buruceta, había recibido por respuesta haberse sabido aquel mismo día de su padre; y como también averiguase en qué navío iba éste embarcado, respondieron que en el
Bahama. No perdimos en enviar a casa del citado oficial a un criado, el cual volvió muy pronto con las fatales nuevas que debían presumirse. La muerte de mi padre, hoy olvidada ¡porque todo se olvida en España!, y también porque los gravísimos sucesos de que poco después fue, ha sido y sigue siendo teatro esta infeliz nación, llamaron y llaman la atención pública a otras hazañas y desventuras, en aquellos días dió motivo a hablarse mucho en su alabanza. Contábase su resolución de perecer, como si estuviese seguro de su tragedia. En efecto, tocando a nuestro pariente el guardia marina don Alonso Butrón estar en la bandera al hacer un ligero almuerzo, cercano ya el enemigo y próximo el combate, mi padre le había dicho con disculpable arrogancia: Cuida de no arriarla aunque te lo manden, porque ningún Galiano se rinde, y ningún Butrón debe hacerlo. Encargo cumplido en todo, pues herido el joven, tuvo que retirarse, y tocó a otro guardia marina hacer la dolorosa señal que ponía al navío en manos del enemigo victorioso. Sabíase que antes de la herida mortal había recibido mi padre dos, y que siendo una de un astillazo en la cara, corrió de ella tanta sangre, que se le aconsejó y aun encargó como necesario pasar abajo para restañarla por algunos instantes, a lo cual se negó él con obstinación, no queriendo desalentar a la tripulación con su ausencia.
Otra circunstancia, si no realzaba su valor, daba a su trágico fin cierto color dramático y tierno. Sabíase que, estando con el anteojo en la mano, el viento, fuertemente movido por una bala, se lo derribó sobre cubierta; que había acudido a recogerlo y dárselo el patrón de su bote, muy querido de él, como lo había sido de mi tío Juan María, cuya falúa había gobernado algunos años; que un instante después una bala había partido por medio a este infeliz patrón, salpicando con su sangre y despojos a su comandante, y que muy en breve otra bala había acertado a éste en al cabeza, llevándole la parte superior y dejándole muerto en el acto, con lo cual, cayendo de nuevo el anteojo, dijeron los circunstantes, con el humor festivo que aún en tales trances de peligro y amargura no falta a los militares, que no convenía cogerlo, por ser de mal agüero tenerlo en la mano. Recogióse el cadáver de mi padre y llevóselo abajo, cubierto, para ocultar su muerte a los que la ignoraban, temiendo que con saberla entrase el desaliento. Pero todo fue inútil, pues herido el segundo comandante y recayendo el mando en el citado Buruceta, tuvo éste que dar la orden de arriar la bandera, porque en el estado del navío persistir en la defensa era inútil y casi imposible. ¡Tal fue el trágico fin de don Dionisio Alcalá Galiano, cuyas prendas y heroicidad no parecerá mal que recuerde y encarezca un hijo ufano de serlo! Del concepto en que era tenido da testimonio más de un recuerdo de aquellos días, citándose, al tratar de la aciaga jornada de Trafalgar, su pérdida y la de Churruca, como de las mayores desgracias de aquella grande y común desventura.


Relato confeccionado con párrafos de Recuerdos de un anciano y Memorias, de Antonio Alcalá Galiano [hijo de Dionisio Alcalá Galiano, brigadier de la Real Armada, al mando del navío Bahama, de 74 cañones], obras incluidas en Obras escogidas. Volumen I. Según edición de Jorge Campos. Tomo octogésimotercero de la Biblioteca de Autores Españoles desde la formación del lenguaje hasta nuestros días. Editorial Atlas (Madrid-1955)

2 comentarios:

  1. Interesante, muy interesante texto. Me has hecho pasar muy buen rato de lectura.

    Saludos.

    S. Cid

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  2. Gracias.
    Me ha parecido curioso recordar "la del 21", es decir, el combate de Trafalgar, desde el punto de vista de alguien directamente afectado, en este caso, un huérfano (aunque lo contara más de cincuenta años después).
    Por desgracia, siguen vigentes e instructivas muchas de las circunstancias y actuaciones de entonces, por lo que volverán por estas páginas.

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