lunes, 28 de enero de 2013

No hay lugar... a consejos ¿O sí?

Entonces yo dije:
- Amigo Rafael, por lo que habéis manifestado, no deseáis ni bienes ni poder, y yo no considero ni aprecio menos a un hombre como vos que a los que disponen de las máximas facultades de la Tierra. Pero opino que procederíais conforme con vuestra manera de ser espléndida, y también sería resolución digna de un filósofo que, sacrificando vuestra comodidad personal, dedicaseis vuestro ingenio y vuestra actividad a los negocios públicos, cosa que podríais realizar con gran provecho, entrando a formar parte del consejo de algún príncipe, donde creo que vuestros razonamientos serían siempre justos y honrados. Pues ya sabéis que el poderío de un príncipe es semejante a una fuente, de donde manan constantemente sobre el pueblo todos los beneficios y todos los perjuicios. Verdaderamente vos poseéis una ciencia tan perfecta, aunque carezca de experiencia, y una experiencia sin ciencia tan grande, que podríais ser un magnífico consejero de cualquier rey.
- Os habéis confundido dos veces, amigo Moro –me contestó–, por lo que atañe a mí y a este asunto. Carezco de las virtudes que me otorgáis, y en el caso de poseerlas y de desistir de mi bienestar, no servirían para asuntos de Estado. Primeramente, porque los príncipes se inclinan más por los asuntos militares, de los cuales no sé nada ni deseo saber, que a las artes bienhechoras de la paz, y se preocupan más de conquistar, por buenas o malas artes, nuevos reinos que de regir adecuadamente los que ya poseen. Además, los consejeros de los monarcas, o poseen tanto saber que no es necesario que sigan las opiniones ajenas, o piensan poseer tanto saber que no las admiten, excepto las tonterías que mencionan los privados del monarca, a las cuales dan su consentimiento, alabándolas creyendo obtener su afecto. Y es que la naturaleza proporcionó a todos los hombres el aprecio de sus propias obras. De forma que su polluelo sonríe al cuervo y a la mona le agrada su pequeñuelo.
«En similar compañía, donde unos rechazan las opiniones ajenas y los demás sólo conceden méritos a las suyas, si alguien presenta como ejemplo lo que leyó, que se verificó en tiempos pasados o lo que observó en tierras lejanas, los que le escuchan actúan como si hubieran de perder su fama de sabios, e incluso como si hubieran de ser considerados por necios, a menos de hallar algún fallo en la opinión ajena.»

Hoy se ha publicado que el actual Presidente del Gobierno de España tiene 578 asesores. Eso sí, 51 menos que los 629 de que 'disfrutó' el anterior.

Créditos:
Extracto de la primera parte de la obra Utopía, de Santo Tomás Moro, según traducción de F.L. Cardona y T. Suero, para Editorial Bruguera, tomado de la edición realizada por Sarpe, como número 17 de su colección Los grandes pensadores, en 1983 (pp.39-40).

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